¡Qué bonito día! Sales de casa con los
ojos plagados de legañas y tirando de tu cuerpo con un esfuerzo inhumano, y lo
primero que te encuentras así, de golpe, es la venerada sociedad que te rodea.
Qué impacto...
De entrada, por las calles te topas con
gente que pasea a las 7 ó las 8 de la mañana con una alarmante parsimonia (¿de
verdad tienen que pasear en plena hora punta? ¿no tienen tiempo el resto del
día?, es más, ¿no duermen?), y preferiblemente en grupos de 3 ó más, con el
único fin aparente de taponar las -ya de por sí atestadas- aceras de la ciudad.
Sorteando toda suerte de grupos de tertulia estacionados en el centro mismo de
la acera para debatir temas de rabiosa actualidad, gente haciendo footing, señor@s
que van al mercado -para montar los puestos, supongo, porque a esas horas ya me
dirás-, te abres paso como buenamente puedes y ahí está el primer obstáculo
serio de la mañana: un paso de cebra; ¿para qué pintan pasos de cebra o de
peatones en las calzadas, si no los usa ni el que los pintó? La explicación es
muy sencilla, ya que o te tiras en plan comando de guerra sobre un coche o te
da el almuerzo esperando. Como no podía ser de otro modo, el peatón listillo
cruza por donde le sale del moño, saltándose a la torera las normas de
educación vial y justificando involuntariamente al conductor listillo que está hart@ de esquivar peatones suicidas y no para ni en
los pasos de cebra. Este hecho se agrava cuando el peatón listillo es realmente
un@ ancian@ de 90 años con movilidad reducida. ¿Cree ud. que tiene la forma
física necesaria para cruzar ágilmente una vía de tres carriles sorteando
coches? Pues le informo de que no, no la tiene. Un círculo vicioso de libro. Y
ahora voy a abrir brecha, y lo sé, pero me la suda: querid@s
ciclistas, me parece muy valiosa vuestra aportación al medio ambiente, pero me
toca mucho ciertas partes de mi cuerpo que las normas de circulación sean
aplicables a tod@s, menos a uds. Hay un número
importante de ciclistas que, además de ciclistas, podrían entrar en la
categoría “asesin@s en serie” sin esfuerzo, ya
que te adelantan a velocidad de espanto por la derecha, por la izquierda, por
delante, por detrás y, si te descuidas, por encima. Los semáforos no son para ell@s, ya que cuando está rojo para los vehículos, ell@s son peatones con una bici, y cuando está rojo
para los peatones, son vehículos con un ser humano. Qué fácil es todo si te la trae floja el resto del
mundo, ¿eh? He de defender sus intereses en un caso concreto: Personajill@s del
mundo, el carril bici es un CARRIL BICI -como su propio nombre indica- para los
ciclistas, no una bonita vereda roja para pasear, ni un carril más para las
motos, ni un sitio perfecto para pararse a mirar el móvil. Todos los puntos de
vista son interesantes, y como en todos los gremios, hay bastard@s y gente honrada.
Llegas, ileso pero ya con un mosqueo
considerable, a la cola del autobús, con la fortuna de que solamente hay dos o
tres personas esperando y piensas “qué suerte, lo mismo hasta me siento”. ¡Ja!,
no contabas con un detalle, l@s “abuel@s ninja”
que aparecen de entre las sombras 6 segundos antes de que el autobús abra sus
puertas, y se colocan delante de ti porque “son ancian@s,
y a l@s ancian@s hay que
cederles el asiento”. Tócate un pie. Tengo que ceder el asiento a un@ ancian@
por educación; la misma educación que te enseña a guardar cola para el autobús,
¿no? Pues eso es, así que tras una larga espera -porque hay líneas de autobús
en las que estoy convencido de que solamente hay dos vehículos, uno para un
lado y uno para el otro- y estando en tercer o cuarto puesto en la cola, te
jodes y vas de pie. Una vez dentro, te enfrentas a nuevos retos; por un lado,
está el conductor, que aunque hay much@s que son
muy correctos, te encuentras con cada cafre que asusta. Puede que sea un@ de es@s conductor@s que
viven en constante frustración, que no te dan los buenos días ni aunque se los
pagues, y que ponen cara de satisfacción cuando dejan a una pobre mujer en
tierra por un carrito de bebé, a un viajero fuera por tres segundos o a alguien
tocando la puerta cuando el bus está parado en un semáforo a 8 metros de la
parada, y que se hartan de repetir una y otra vez “pasen al fondo, por favor”,
¿qué fondo, gilipollas, si vamos en el autobús como en una lata de sardinillas
en aceite?. A est@s conductor@s les dedico
estas palabras: a joder menos, y a follar más. En otros casos, el/la conductor@
fue piloto de rally en otra vida y sube las cuestas con curvas peraltadas a 180
km/h, con lo que, como vas de pie por culpa de l@s abuel@s ninja, o te agarras como si te fuera la vida
en ello o te bajas en la próxima, pero por la ventana de socorro. A est@s otr@s conductor@s les
dedico estas otras palabras: Gran Turismo 5, Need for Speed, F1 2012, o
cualquier otro simulador de carreras en casa, y en el curro, un poquito de por
favor. En otros términos, -y esta frase es en especial para una parte bastante
representativa de l@s jubilad@s
de España-, quiero recordar a la humanidad que el agua no hace daño, ni nos
quita años de vida, ni nos desgasta la piel ni nada por el estilo. Subirse a
ciertos autobuses, a ciertas horas del día, es un verdadero suplicio para
nuestras fosas nasales. No puede ser normal que la frase “en este autobús huele
a viejo” sea sinónimo de “este autobús huele como una pocilga”, aunque sea por
pura vergüenza. Para terminar, hay un último peligro que sortear en los
autobuses, y no es otro que l@s señor@s que se colocan
justamente delante de la puerta -porque es el sitio que les gusta-, aunque se
bajan doce paradas más allá, y que no se mueven de su privilegiada posición
aunque se abra la Tierra debajo de sus pies. ¿Dan premios en metálico al
primer@ que sale del bus en cuestión? Porque yo he salido el primero en
ocasiones, y no me han dado ni la enhorabuena...
Bajas del autobús blasfemando, y te
enfrentas al siguiente reto: el Metro/Renfe; lo primero que adviertes al
encontrarte frente a la entrada de la estación que corresponda es una realidad
aplastante: hay gente que no sabe leer. Los carteles que hay en las puertas que
rezan respectivamente “ENTRADA” y “SALIDA”, con sus respectivos carteles en la
parte posterior de “NO PASAR” no tienen utilidad alguna, ya que l@s usuari@s de estos
medios de transporte están muy por encima de estos términos tan banales, y
entran y salen por donde les parece. Qué frustrante es intentar entrar por la
“ENTRADA” (de lógica, ¿no?) y encontrarse de frente un torrente de personas que
han decidido que necesitan imperiosamente salir por esa puerta precisamente, y
no por la que está justo al lado, y que bajo ningún concepto les parece
aceptable, pese a que el perverso cartel de esa segunda puerta que proclama sin
pudor “SALIDA” les invita a perder su libertad de elegir puerta... Una vez
dentro, te encuentras de nuevo con los grupos de paseo, pero unos más divertidos
todavía que los que te encontraste por las calles minutos (u horas) antes,
dado que prefieren dar esos reconfortantes paseos mañaneros por estaciones como
Chamartín, Atocha, Avenida de América o similar -que a esas horas son
verdaderos campos de batalla sin ley-, y eligen con muy buen criterio ese
preciso momento y lugar para hacer turismo y conocer mundo. Evitas acabar con
la vida de estos paseantes incómodos, y pasas a la siguiente fase, las
escaleras mecánicas. En ellas te cruzas con señor@s que, de forma inexplicable,
se paran en seco en la parte superior o inferior -o incluso en ambas- de las
mismas, y forman un tumulto de gente que choca y se empuja que bien podría
denominarse como “jungla descontrolada” y que también podría acabar en tragedia,
con decenas de personas despeñadas en cascada por las escaleras,
convenientemente rematadas de esquinas y picos metálicos altamente dolorosos. Y
hablando de las escaleras mecánicas: gentes de las ciudades, me parece
comprensible que tengáis tanta prisa, porque a veces yo también la tengo, pero
si vais a galopar por las escaleras mecánicas como si no hubiere mañana, por lo
menos no os llevéis por delante a l@s que tenemos la
extraña manía de utilizar las escaleras mecánicas para lo que son (aclaración:
para subir o bajar cómodamente, sin moverse). Tenéis unas fantásticas escaleras
a la vieja usanza por las que podéis subir, bajar, trotar o rodar si os place,
y es preferible que no lo hagáis por unas escaleras que -os informaré de un
secreto que quizá no conocéis- se mueven solas.
Alcanzas el andén correspondiente, cosa
que en algunas estaciones es todo un reto (para muestra, la estación de
Cercanías de Atocha; ¿se puede idear una estación más confusa y peor
señalizada? La respuesta es, claramente, no), y si tienes una suerte increíble,
podrás subirte en el primer tren que llegue (o en el segundo, o en el tercero,
depende de la hora, claro). En ese momento es curioso observar a l@s usuari@s que se sientan
en los bancos del fondo del andén a esperar el tren, y cuando las puertas se
abren están afincados misteriosamente justo delante de ti, que te has colocado
en la misma baldosa (cuidadosamente calculada) en la que se sitúa la puerta del
vagón que mejor te viene; seguramente son familiares direct@s
de l@s abuel@s ninja de
las paradas de autobús, porque esa técnica es inconfundible. Dejas que salgan
las chorromil personas que bajan en esa parada, porque así es amig@s, debe un@
dejar salir a la gente de un vagón antes de entrar, aunque un@ sea un@
venerable ancian@, por la misma educación de la que hablábamos antes, y te
adentras en la fase final de tu aventura: el vagón de Metro/Renfe. En esta
fase, que ya es de nivel Experto, te encuentras lo más selecto de la sociedad.
Primero localizas a los babosos (en este caso me ahorro la @, ya que el 99% son
varones) que miran con lascivia a jovencitas -y no tan jovencitas-, recorriendo
con ansia sus cuerpos con la mirada, como si con esa elegante técnica fueran a
cortejar a alguien. Compañeros, un servidor es el primero que mira lo que le
gusta cuando va por la calle, en un autobús o en el Metro, pero por Dios, un
poco de sutileza, de discreción y de respeto, que lo que estás mirando es una
persona, no un escaparate de embutidos. Deben destacarse de entre est@s algunos entes, más babosos todavía, que no se
contentan con mirar, y restriegan cebolleta sin escrúpulos por todo trasero que
tiene la desgracia de acabar frente a ellos... Mira, si por lo menos estuvieras
frescorro, pues esa alegría que se lleva un@ p'al cuerpo, pero es que encima
eres repugnante, corazón. Buscas un sitio libre de babas repulsivas, y frente a
ti se abre un sinfín de seres humanos -por decir algo- que llevan sin ver el
agua corriente semanas. Es comprensible que una persona que no tiene donde
vivir tenga que conformarse con asearse allá donde pueda, y ahí tod@s tenemos
que ser comprensivos, pero ¿de verdad todos los cerdit@s hediond@s que pululan
por los vagones de Metro/renfe de la ciudad tienen ese problema? No, señor@s, hay gente que
sencillamente no sabe lo que es una ducha. Te abstraes de esta enfermiza
realidad, sea con un libro, sea con una música de tu agrado, y llega el
espectáculo incluido en el abono transporte (de ahí su precio). Cada día vemos,
con toda la pena de nuestra alma -aquell@s que
tengamos de eso-, más personas que piden dinero o comida porque realmente lo
necesitan, y que deberían tener todo nuestro apoyo y nuestro respeto; pero,
entre est@s respetables personas, hay sinvergüenzas
que, aprovechando la que está cayendo y que el Pisuerga pasa por Valladolid,
piden en un vagón de Metro para comer, se bajan en una estación, salen a la
calle, sacan de su bolsillo un paquete de tabaco y se encienden un piti; a ver,
rey/reina, ¿pides para comida, o para tabaco?; he llegado incluso a ver en
manos de estos personajes algún paquete de Marlboro... ¿Así que yo me tengo que
pasar al tabaco de liar porque el tabaco en este país es un lujo, y tú pides
para comer y fumas Marlboro? Vamos, no me jodas. Lo único que hacen est@s impresentables es deshonrar a aquellas personas
que, como he dicho, piden porque de verdad lo necesitan. También con todo mi
respeto por la gente que toca en el Metro, pregunto ¿es totalmente necesario
que la música que me ofreces desinteresadamente a cambio de “la voluntad” tenga
tal volumen que me impida leer, mantener una conversación o escuchar la propia
música que llevo en mis cascos? ¿en serio? Luego querrás que te dé unas
monedas, claro, pero lo que realmente me apetece darte no te lo puedo dar,
porque es delito. Si te libras del músico errante, no te quepa duda que su
lugar lo ocupará gustosamente un@ nini y su móvil con sub-woofer integrado y el
reggaetton/hip-hop/pachanga/flamenquito a toda pastilla, que también es para
partirles la cara; niñ@, la musiquita para las discotecas, que en el Metro/Renfe tiene un@ que
dedicarse a lamentaciones varias y no tiene un@ el cuerpo para Shakiras,
Pitbulls y Niñas Pastoris. Aprovechando para hilar con el tema de -intentar-
leer en el transporte público, es interesante recordar a l@s
usuari@s lector@s
que, sobre todo cuando el espacio es reducido, los libros de un tamaño similar
al del tomo “A-C” de la Larousse no son nada prácticos. Recomiendo a l@s lector@s del
autobús/Metro/Renfe (entre l@s que me encuentro) que
analicen estas tres palabras: edición-de-bolsillo. Tu afición por la lectura no
tiene por qué clavarse en mi espalda, ni sacarme un ojo, ni utilizar mi chepa
como atril. A estas alturas ya no sabe un@ cuál de los incordios es peor...
Y tras esta romería de los horrores, llega la estación de
destino y te ves ante el último escollo: esa gente a la que le preguntas,
dentro de un confortable vagón lleno hasta límites insospechables, “¿va ud. a
salir?” y que se giran, te miran con una mezcla de odio y desgana, se apartan
exactamente 6 cm a un lado y pretenden que pases grácilmente por el amplio
pasillo que te han proporcionado. Cuando
no hay sitio, pues no hay sitio, y es lo que hay, pero es que cuando lo que no
hay es voluntad, pues le toca a un@ un poco las narices. Sales del vagón,
revisando los bolsillos para comprobar que ningún objeto ha acabado en las
manos de algun@ desgraciad@ con los dedos muy largos, te recompones la camisa,
la chaqueta, el bolso y hasta las entrañas y te dispones a salir de nuevo a la
misma calle en la que empezaste, para encontrarte de nuevo con los mismos
obstáculos que al principio hasta llegar al trabajo, que a veces hasta te
alivia (y ya tienes que haber pasado penurias para que llegar al curro te
produzca esa sensación...). Teniendo en cuenta que esto se complica si tienes
transbordos de por medio, y que cuando no son unas obras en la calle son
huelgas de EMT y/o de Metro y/o de Renfe, pues la simple cosa de desplazarte a
diario desde el calorcito de tu hogar hasta la rutina diaria del trabajo llega
a desesperarte. Es en ese momento cuando, viendo la televisión, aparece un
anuncio de las autoridades locales en el que ves a gente contenta y feliz que te anima a utilizar el Transporte
Público, y se te saltan las lágrimas, no precisamente de alegría...
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